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Reverendo Señor Cura Párroco:
Representativos de las autoridades
civiles y militares:
Señoras:
Señoritas:
Señores:
Estoy aquí ante
vosotros distinguidos concurrentes, ocupando esta tribuna,
correspondiendo a la invitación que tuvo a bien hacerme el
patrocinador de este acto, don José Manuel de la Rocha. Honor
para mi; honor que agradezco tanto más cuanto me corresponde abrir
con mis palabras esta mañana de cultura y de elevación espiritual,
cual si ellas fuesen el primer capítulo, después del prólogo, que
con tanta oportunidad lo ha hecho el propio iniciador de este
homenaje lírico - póstumo, señor de la Rocha.
Detenerse un
momento en la existencia, haciendo un paréntesis en los cotidianos
ajetreos, para mirar con los ojos de la imaginación de la vida y las
obras de nuestros antepasados, recorriendo las páginas de la
historia o rememorando los relatos de la tradición o las leyendas de
un pueblo; quitando algunas, veces la página del tiempo a nombres o
hechos no es anquilosamiento ni apego inseparable a épocas idas, ni
tampoco imaginario punto de apoyo en ultratumba. Es algo
superior: algo que no está en pugna con el perenne devenir del
tiempo; algo que no se opone a la corriente evolutiva de los siglos;
es sí, veneración a nuestros mayores; expresión tangible de
reconocimiento humano: signo evidente que las generaciones actuales
conservan encendida la llama del recuerdo en el pebetero que
alientan los hilos de luz de la tradición familiar y que hoy juntan
sus pensamientos en un haz luminoso, para consagrados en homenaje de
póstuma gratitud y de vivencia permanente a quienes formaron la
conciencia diriambina y forjaron la estructura material de esta
localidad.
En el marco de
este discurso, ceñido al tiempo señalando y a la discreción, no me
es posible enumerar nombres ni señalar obras. Pero en el
calendario laico de nuestra historia local, cada nombre de las
personas que actuaron en el escenario de las actividades
diriambinas, tiene un mérito , porque indiscutiblemente cada quién
tuvo un papel que desarrollar o tuvo una actuación en la cual
descolló. Errados caminos siguieron algunos, pero al final,
resplandecen sobre todo, los merecimientos que les aureolaron en
vida.
Como caben
todos los colores en el arco iris, expresión artística de la
naturaleza, así quienes dieron en el pasado su energía intelectual,
su esfuerzo
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físico o su impulso económico a esta
parcela de tierra nicaragüense, tienen sin distingo, un imperecedero
recuerdo en la devoción del diriambino. Todo: desde quienes se
consagraron al taller hasta quienes buscaron en las disciplinas
universitarias un Título Académico; desde aquellos que con humildad
franciscana dedicaban sus vidas a enseñar a leer y escribir hasta
los que en su nueva empresas agrícolas daban trabajo a muchos
proletarios; desde los músicos, sencillos, que ante el pentagrama
descifraban los enigmas del arte hasta el cultivador de la tierra,
que también con arte trazaban los plantíos en los cafetales o los
surcos con el arado, desde que iniciaban obras de progreso colectivo
hasta quienes en sus arrebatos poéticos, cantaban la vida familiar
local o dejaron en sus jocosidades el sello del buen humor; o en
fin, desde aquellos ciudadanos enamorados del bien público, fieles
cumplidores de sus deberes, estrellas polares ante propios y
extraños, hasta la bienaventurados apóstoles de Cristo que regaron
en tierra buenas las simiente del bien y tantas veces dieron el pan
de la Eucaristía y tendieron silenciosos la mano de la caridad.
Todos tienen un sitio en la galería de las remembranzas.
Como sombrar
que desfilan en la pantalla de sus proyector cinematográfico, así
pasan ante nuestra imaginación tantos nombres, iluminados por la
estrella que irradia luz de paz a los hombres de buena voluntad
sobre la tierra, que a su paso por esta ciudad tuvieron alguna
figuración.
Sombras de los
primeros habitantes de esta región. Sombras de quienes después
comenzaron a trazar hileras de casas pajizas, paralelas, para dejar
en medio la callejuela. Sombras de otros que más tarde
llegaron de tierras lejanas para fusionarse con los primeros en el
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crisol donde se
fundió el mestizaje. Sombras, después, de las
generaciones que se vinieron sucediendo; de las generaciones
que ya alentaban ansias de superación, anhelos de
mejoramiento, esperanzas de vida propia.
A Diriamba la vemos surgir así: primero el caserío irregular;
más tarde de: la villa; enseguida el pueblo; y por fin la
ciudad. La Villa antigua dejando su vestuario primitivo,
su MANTAS; después el Pueblo, digamos algo como a la altura
del medio siglo XIX, con sus trajes de BOGOTANA; y la ciudad,
seda y encajes; ansias del mono, vino, coñac y por último,
champán.
Esas sombras que quienes se sucedieron de generación en
generación, nos ha dado y nos sigue dando efluvios luminosos.
Ejemplos de esfuerzo humano: lecciones de trabajo y dignidad;
modelos de superación y de carácter; representativos de
laboriosidad de virtudes de espíritu público. A ellos que
fueron: así volvemos hoy para rendirle nuestro tributo
consagratorio en la historia de Diriamba; historia que
inscribieron en los pergaminos del tiempo con tinta indeleble,
traducida en obras de progreso público, en empresas privadas,
en elevación cultural, en la magia evolutiva del artesano o en
prudentes normas de organización económica.
Esta mañana distinguidos oyentes, resulta limitado el tiempo
para enjaular en las estrechez de sus minutos las
elucubraciones del pensamiento ante el tema que se me
discernió para desarrollar: El homenaje de hoy a los
beneméritos de ayer. El pensamiento se eleva en las
altas invisibles desafiando al espacio, al tiempo y a la
distancia, para volver después a
(Pasa a la
página 11 letra A) |
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